Espeleología, en el Peñón, Santander

Espeleología, en el Peñón, Santander

¿Qué querías ser cuando fueras grande?

Cuando de niñ@s nos preguntaban sobre qué queríamos ser cuando fuéramos grandes, la respuesta no se hacía esperar y tras una inmensa sonrisa decíamos con voz firme: ¡yo quiero ser astronauta!; lastimosamente con el paso de los años –no lo digo sólo por nosotros dos, sino por la mayoría– la imaginación y los sueños se han ido reemplazando por las obligaciones y el “deber ser” que, como adultos, nos han hecho creer que es correcto.

Nos hemos vuelto personas consumistas, programados para producir e impacientes, un anti-valor que nos hace gastar mucha energía tratando de controlarlo todo en vez de dejar que las cosas fluyan a su ritmo, a través de nuestro buen trabajo y perseverancia. La verdad es que esta dinámica cansa pero ¿qué hacemos al respecto? Nosotros, por ejemplo, quisimos retomar ese sueño de conocer el universo y nos fuimos para un lugar del otro mundo…

Espeleología, en el Peñón, Santander

Como si fuera nuestra nave espacial, tomamos una moto y nos fuimos hacia El Peñón, Santander, donde se encuentra un mundo subterráneo del que todavía no se tiene una total dimensión; hasta el momento se han descubierto 46 cavernas de increíble extensión y características, pero se presume que hay muchas más. Fue un viaje de 6 horas y media – 331km- pasando por terrenos y climas diferentes, sorteando cráteres en el camino, una espesa neblina en algunos tramos y el cansancio propio de una aventura como ésta; pero cuando todo se ponga difícil recuerda que con paciencia se obtienen grandes recompensas. (espera nuestro próximo articulo sobre cómo fue el viaje)

En total fuimos a esta misión 12 personas comandadas por Jesús Fernández Auderset , un suizo experto en espeleología. La estación espacial fue este hostal, un lugar acogedor y con una vista increíble hacia una gran roca de color blanco.

Cueva de los Guacharos

Nuestra primera experiencia fue la denominada Cueva de los Guacharos, mientras nos dirigíamos hasta allí quedamos asombrados con la belleza del paisaje: en las montañas habían tantas rocas como estrellas en el cielo las cuales, se mezclaban con la fauna en diferentes tonos de verde. La entrada de la caverna es gigante al igual que su interior, tanto así que no parecía que estuviéramos bajo la tierra: tiene 1km de distancia, unas salas de hasta 90m de ancho y 120m de largo.

Los fuertes graznidos que se escuchan desde que uno entra y las miles de semillas que están en el suelo, nos dejan en claro que en este lugar los protagonistas son los guacharos. En cuanto al terreno, es húmedo y con formaciones rocosas; allí no hay plantas ni bichos –o al menos no vimos-, pero sí hay dos cosas que definitivamente nos encantaron:

  • El corazón del mundo la única entrada de luz que hay, proviene de un cráter con forma de corazón ubicado en el techo, esto le da un ambiente misterioso pero romántico a esta caverna que, en esta analogía, la relacionamos con el planeta Néptuno.

Cueva La Tronera

Todos tenemos en la cabeza la imagen del momento en el que Neil Armstrong pisó por primera vez la luna; este satélite nos seduce, es el lugar perfecto para los soñadores, enamorados, personas fuera de lo común y ya que nos encontrábamos en otro universo dentro del mismo planeta tierra ¿Cómo no visitar lo más parecido que hay a la Luna?

La boca de esta caverna queda en la pared de una montaña, aquí la aventura y la exigencia es mayor, para llegar a la parte más bonita es necesario descender varios metros a través de rappel o de vía ferrata

Lo que hace que el ambiente sea totalmente singular son las estalactitas y las estalagmitas, estas rocas se forman gota a gota con el agua que se va filtrando desde la superficie y para condensarse se demoran miles de años. Las primeras son aquellas que se crean desde el techo de la caverna hacia abajo y las últimas lo hacen a la inversa.

Estas increíbles rocas tienen una gran variedad de formas que desafían la gravedad y cualquier forma de imaginación, de hecho, en el momento que llegamos a estas galerías teníamos hambre, mucha hambre y como el cerebro le encanta jugar con nuestra percepción, a todas las rocas le veíamos forma de alimentos, empezando por que los colores variaban entre los tonos hueso y chocolate:

 

 

¿Puedes identificar el chococono, el popcorn y el huevo ? ajaja qué locura

 

 

Ahora aquí, te apostamos a que ves crema de chocolate salpicada, un pastel de guayaba y coco rayado ¡lo que hace el hambre! 😀

En estos tres días de aventura volvimos a ser niños, a asombrarnos con la naturaleza y sus lecciones de paciencia; pero sobre todo, cumplimos nuestro sueño de viajar a otros mundos desconocidos sin necesidad de salir de nuestro país.

Te invitamos a que esperes nuestro próximo artículo donde contamos cómo fue el viaje y algunos consejos que te servirán no sólo si vas a ir al Peñón a hacer espeleología sino también te será de mucha utilidad si te gusta viajar en moto, hacer trekking y conectarte con la naturaleza

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Espeleología, en el Peñón, Santander

 

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